jueves, 19 de julio de 2012

Amena tarde lluviosa, con Elena Poniatowska


México, D.F.  
Surya Lecona 

Una piedra sobre otra recorren los ojos de quién mira la casa de Elenita. Por la parte alta, se asoma una bugambilia rosi-roja, o fiusha,  que envuelve cual cúpula la casa hacia afuera, refugio también, para la lluvia que se ve venir. 

Elena llega en auto. El joven que maneja, Conrado, le ayuda a abrir la puerta trasera. Sale también del lugar del copiloto Martina, una muchacha que ayuda a bajar del auto unas bolsas con telas de "la Parisina". Shadow, un labrador negro, reluciente de cabellera, o pelaje envidiable, es el primero en saludar a la escritora. De derecha a izquierda su cola con una velocidad constante, parece quererle hablar y decir;  -¡Bienvenida!-. 

En el jardín, más que jardín, destaca un limonero. Son árboles de todo tipo, al igual que en la mesa que yace junto a la ventana principal, todo tipo de plantas en macetas, los girasoles sobresalen a todas ellas.

Dentro, las paredes parecen contar historias. Los muros convertidos en libreros del piso al techo y de esquina a esquina, provocan la sensación de correr a la cocina por un té y sentarse a leer alguno de los títulos, cualquiera de ellos, en la cómoda sala y con luz perfecta que abraza la escena. Basta sólo pasear la vista entre los senderos de leyenda que guardan las separaciones entre sala, comedor y cocina, para sentirse atraído por el primero, el segundo, el tercero.

Algunos espacios quedan vírgenes de versos. Uno de ellos, justo debajo de la escalera, amplía la casa con un espejo de pared entera. Todos los espacios son aprovechados, cada muro, mesa, silla; pinturas, fotografías, obsequios que penden de cada hueco. Al entrar, luego de los libros, lo primero que se ve; es una mesita circular en la que yacen más de dos decenas de portarretratos con memoria. Fotografías de ella, de Guillermo, de sus hijos y nietos. En una de las sillas Andrés Manuel López Obrador, está sentado, sonríe, y se jacta de estar ahí, en forma de cojín bordado, una caricatura con todo y su “gallito feliz”, se le ve orgulloso y contento de estar ahí mismo, de ser amigo de Elena y de resguardar, desde esa silla de largos años, todos esos empastados llenos de vida. 

Poniatowska, a sus 80 años, con una lucidez que envidiaría el entrañable escritor  Gabriel García Márquez, y con una sencillez y humildad que ya quisiera Mario Vargas Llosa, recibe a sus invitados. Elena habla muy certera, de todo aquello que ya conocemos. Siempre su discurso es exquisito, un fresco manjar. De vez en cuando, acaricia la sabiduría en su cabellera grisácea y tersa, como sabiendo que así estimulará sus palabras.

Elena continúa con la misma elocuencia que la conocíamos hace un par de par de décadas. Así mismo ahora, revive aquellos años de lucha política y estudiantil. Apoya un movimiento que, aunque no más organizado, intenso y entregado que en 1968, sí admirable en la juventud actual. Sí estimulante y esperanzador. Sí con fe en la batalla que dan los más zagales en una época en la que el país necesita de su gente. Y la intelectual escritora está presente, a veces física, otras sólo en deseo, en cada mitin, marcha, asamblea o concentración a la que se convoque. Que aunque la voluntad le alcance y su corazón y espíritu no se cesen, su cuerpo, en ocasiones le pide tregua.

En la misma sala, las columnas se enderezan orgullosas, para soportar el peso, que por los libros que tiene en el piso de arriba, se duplica. Y dos gatos se pasean entre las patas de las sillas y sobre los sillones, se acarician con el cuerpo inmóvil de los invitados. Dos felinos que, en palabras de la escritora durante el homenaje a Carlos Monsivais en Bellas Artes; son el conjuro contra la ausencia, una pócima que disminuye la soledad.

Monsi, un gato negro con una mancha blanca que se extiende a lo largo del pecho y las patas, se pasea elegante también entre las piernas de la escritora, quién emotiva sigue hablando de su infancia en Francia.

Ágil, Monsi, da un salto y se recuesta a lado de su ama en el sillón de dos plazas amarillo, la ve como si pudiera entender cada palabra y conmovido, se retira.

Vais, una hembra atigrada, más felina que el pingüino Monsi, viene de repente a frotar su lomo en las extremidades de los invitados de Elenita, satisface sus necesidades y sale a dar un paseo. Vuelve más tarde y hace un zig-zag entre los tobillos de la escritora. Entonces la intelectual, cruza nuevamente la pierna y muestra, con cadencia a la escena, sus zapatos; rojos y coquetos, de estilo único. Las correas de piel rojas, como el labial que lleva en el contorno de la sonrisa, tienen un cruzado que termina en un moñito elegante. Similar a los modelos franceses, en autoría del diseñador Christian Louboutin que se distingue por sus suelas rojas. Pero ella luce un tacón pequeño.


Elena viste también un traje gris de falda mediana con abertura larga, tres o cuatro centímetros abajo de la rodilla. Medias que dan un brillo especial a sus piernas descubiertas. Despejadas y radiantes. Y una blusa del mismo color a la mascada azul-morada que amarra delicada a su cuello con un nudo sencillo. El azul es especial, es un azul del océano, de la mar cuando se acerca a una costa turquesa y se combina al morado. Y que tanto gusta a los peregrinos que fotografían sin filtros esa mezcla de tonalidades.


El rostro de Elena, es la claridad más nítida, la más natural y que más refleja su entereza, sus ganas de vivir. A pesar de su edad, se le ve con fuerza, con serenidad y con una voluntad enorme de seguir retándose a si misma, confiando en sus capacidades. Su piel cansada, no es el pretexto conformista. A pesar de sus victorias, dice; no sentirse satisfecha en totalidad, aún seguirá escribiendo y no se irá sin terminar sus proyectos. Sin embargo, sus gestos transmiten tranquilidad, cada que puede muestra sus dientes con sutileza, y al despedir a sus invitados, emana de ella, la sonrisa más sincera y contagiosa que revela esa tarde lluviosa.







MONSI, VESTIDO DE SMOKING









VAIS, MIRADA DE TIGRE












































ELENA NOS DESPIDE CON UNA CRISTALINA SONRISA



sábado, 7 de julio de 2012

México, ¡Me dueles!

México, D.F.
Surya Lecona


"Podrán cortar todas las flores 
pero no detendrán la primavera"



Gritos, frases escritas, versos en ritmo, puños en alto, rostros de furia, impotencia y desazón. Miles de consignas se unen del Ángel de la Independencia para continuar dejando huella por el sendero de los "champs elysees" mexicanos, hasta el Zócalo de la ciudad de México. Y así lo hacen en protesta también en Guadalajara, Hermosillo, Querétaro y la convocatoria llega hasta Londres. Un performance frente a la embajada de México, lágrimas ante el discurso y un ataúd, que lleva dentro, la democracia mexicana. Masiosare, un extraño enemigo...











Pancartas mirando al cielo, con la utopía en las manos.















Impotentes marchan, continúan, se detienen, miran, con la infancia comprometida.












Sus ojos inocentes hablan de la curiosidad, de una pérdida de comprensión, de una tristeza heredada.

















Vuelven a ver, a leer, a fruncir el ceño y permanecen.












Así; niños, jóvenes, ancianos, bebés, músicos, payasos, intelectuales, políticos, indígenas, periodistas, comediantes, estudiantes, sindicalistas, religiosos e incluso extranjeros, caminan y se unen al afluente de la protesta, de las consignas, de los cantos.










Lo impresionante

La unión. La cantidad de mantas y carteles danzando al ritmo de un latido, que puede imaginarse, desde lo alto en el mapamundi: México. Sístole, diástole, sístole, diástole. Diez de cada diez personas tenían en sus manos, en su piel o en sus voces una consigna ingeniosa.









"Hay derrotas,
 que tienen más 
dignidad que 
la victoria"







ESTUDIANTES ENOJADOS












Bolsas de soriana, 
cubrieron las cabezas 
de los revolucionarios 
y los insurgentes que 
yacen erguidos en 
Paseo de la Reforma














Lo afortunado

El espacio. Desfogar la impotencia, extirpar de a poquito el coraje. Y se hizo en muchos y diferentes idiomas. Así; amigos de Ucrania, Pakistán, Honolulu y Timbuctú, sabrían del fraude que aqueja a los mexicanos. Llegaría el mensaje de que; el Presidente de telenovela de México, en palabras de Elena Poniatowska, no es legítimo. La búsqueda del apoyo de la comunidad internacional para el "no reconocimiento" del impostor.














REALIZACIÓN DE CARTELES



La tristeza que emanó de las calles del Centro Histórico la tarde del día 7 de julio del 2012 se convertía en fuerza e ideología. Los pasos eran certeros y los gritos llevaban la convicción impresa.





De cualquier forma, las emociones se volcaron a satisfacción de haber estado ahí, de haber presenciado y sido parte de un acto histórico. Los gritos se iban apagando, las huellas quedaban tatuadas en la memoria y los carteles desaparecían, incluso el que destacaba: "rico tepache", en medio de las consignas, y que vendía su elixir entre la multitud acalorada y sedienta.
















miércoles, 4 de julio de 2012

CNA, una tarde lluviosa

México, D.F.
Surya Lecona




El sol es menos común hoy que otros días. No consigo despegar la mirada de tu sombra, mis palabras de tu discurso, mis manos de tu ternura.

Las nubes me dan un aviso suave en el preludio a una tormenta, caen sobre mis hombros desnudos las primeras gotas, las manos en los bolsillos de los jeans que arrastran un poco las pequeñísimas rocas ya un poco húmedas y rojizas que delinean el camino de ese amplio jardín que colorea la entrada del Centro Nacional de las Artes. La noche cae de la misma forma en que caía aquella vez que nos tendimos sobre esa cama de naturaleza fresca y seca, un día en aquel otoño, pero esta vez las aves no cantan, los enamorados huyen de la lluvia y me dejan desierta como un retrato.

La lluvia se enfurece y yo busco aquel árbol que lleva tatuado en su espina dorsal nuestras iniciales, esas que le duelen al tronco en su corteza, como duelen los kilómetros a nuestra entereza. Las gotas de agua dulce se diluyen con la sal de mi rostro, pero su furia no me detiene, ¡estaban naciendo las primeras lágrimas! Aquel octubre nos tendimos a soñar, a inventar historias, a besar futuros, a desafiar a la calma. Hoy las huellas en la grava son sólo un par que caminan al borde de la locura por encontrar en el olvido la sustancia que da vida a la mirada que ya no brilla.

Un rayo me despertó de esa muerte, me encontró de rodillas al borde del alma, rumiando el dolor del vacío y la soledad que no pusimos en los planes aquel otoño.

Hoy la vida narra un país en guerra, violencia, elecciones, capos, víctimas, huracanes, sequía, exilios, jóvenes haciendo historia, historia hecha de jóvenes, dioses que se levantan a soñar con la pasión en las manos inyectada en las venas. 

Y si viene el triunfo de Peña Nieto “el copetón” y si el de “Chepina” o “el Peje”, nada cambiaría en los titulares de mi dolor. Quisiera jurarte frente a este árbol, que me habla con tu voz en el recuerdo que lleva tatuado. Quisiera decirte que la cordura me explica la situación, que la felicidad me llega repentina al caminar, que el tiempo me da la razón y nada estalla de nuevo en mi certidumbre, pero le doy la espalda al árbol y empiezo a andar en un sentido indefinido buscando alimentar la ilusión para el sol de mañana.